Buscando respuestas
Creo que la principal diferencia entre los lectores y los passionistas de Los Tres Investigadores es que estos últimos quieren saberlo absolutamente todo sobre sus ídolos y el universo que les rodea. No toleran bien los cabos sueltos y sienten la necesidad imperiosa de llenar los espacios en blanco que, por descuido o de forma deliberada, han dejado en sus textos los autores de cada una de estas novelas.
Pues bien, para todos aquellos lectores que escudriñan con lupa hasta el último renglón de cada libro en busca de respuestas a las preguntas que les surgen durante la lectura de los mismos, he creado esta entrada. Aunque desgraciadamente, muchas de las preguntas que aquí se plantean no tienen una respuesta “oficial” y lejos de arrojar luz sobre estas cuestiones, lo único que puedo hacer son conjeturas aun a sabiendas que, tal vez, generarán un debate aun mayor.
¿Qué pasó con Carlos?
Para quien no lo recuerde, Carlos era el muchacho mejicano que colaboró con Los Tres Investigadores en la resolución del Misterio del loro tartamudo. Este joven vivía en una cabaña ruinosa, en condiciones de extrema pobreza, junto a su tío Ramos al que tenía que cuidar debido al precario estado de salud en el que se encontraba.
En el epílogo de este apasionante caso, Alfred Hitchcock informa al lector que Carlos consiguió trabajo en la empresa de alquiler de coches donde prestaba sus servicios Worthington. Además, vivía con los Jones y pagaba su pensión trabajando en el Patio Salvaje, un día a la semana. Sin embargo, esta será la última vez que salga su nombre a relucir a lo largo de toda la serie. En los 41 libros siguientes no hay ni rastro de él, ni en la chatarrería de los Jones ni en ningún otro lugar.
¿Qué pasó con Carlos? Es una incógnita. Nadie lo sabe. Lo cierto es que el personaje no tuvo más recorrido en la serie quedando “aparcado en una vía muerta”. Pero todo final es un nuevo comienzo, y a buen seguro, algún lector sentirá en este preciso momento el deseo de escribir una pequeña historia sobre el futuro de Carlos. ¡Ánimo!
¿Qué les ocurrió a los padres de Jupiter Jones?
Pues nadie lo sabe. Ni siquiera la hija de Robert Arthur, que en 2007 comentó lo siguiente al respecto:
“Me gustó especialmente el hecho de que los padres muertos de Júpiter estuvieran rodeados de un misterio y se pudiera sospechar cualquier cosa sobre ellos, […]
Y aunque haya personas a las que al igual que a Elizabeth Ann Arthur, este vacío informativo en la biografía de Jupiter Jones les parezca ideal para estimular su imaginación, suele ocurrir que hay otras tantas que están insatisfechas con el statu quo de la cuestión. Es el caso del escritor André Marx que aprovechó el misterio que envolvía a la muerte de los padres de Jupiter para rellenarlo muchos años después con su novela “La tumba vacía” publicada en 1997, en Alemania, dentro de la serie Alfred Hitchcock y Los Tres ??? , bajo el título original Alfred Hitchcock Die Drei ??? Das leere grab.
En la contraportada de esta novela, publicada en España por Ediciones S.M., ya se apunta el motivo de la muerte de los progenitores de Jupiter, e incluso el nombre de su madre.
¿Qué edad tienen Los Tres Investigadores?
En las 43 novelas clásicas de Alfred Hitchcock and The Three Investigators, nunca se indica de forma exacta la edad de Jupiter Jones, Pete Crenshaw y Bob Andrews, pero las pistas repartidas a lo largo de la serie permiten hacer una estimación bastante razonable. La mayoría de los aficionados coincide en que los tres protagonistas tendrían entre 13 y 14 años durante gran parte de las aventuras.
Uno de los indicios más claros aparece cuando se menciona que Bob obtuvo su certificado de mecanografía a los 12 años, lo que sugiere que los chicos ya han superado esa edad en las novelas.
Bob Andrews se sentó ante la maquina de escribir en el puesto de mando, mecanografiando sus notas. Sabía escribir a máquina porque su padre, periodista de un diario de Los Ángeles, lo había inscrito en un cursillo de mecanografía a los doce años.
Misterio de la momia
Además, en varios libros se deja claro que ninguno de los tres tiene edad suficiente para conducir legalmente en California, donde viven. Sin embargo, Skinny Norris sí puede conducir, y esto se explica porque procede de otro estado de EE. UU. donde la legislación lo permite antes. En Estados Unidos, la edad mínima para conducir varía según el estado. Aunque la edad estándar para obtener un permiso restringido suele ser 16 años, algunos estados permiten conducir antes bajo programas de “learner’s permit” o licencias restringidas para menores. Históricamente, ciertos estados rurales llegaron a permitir permisos especiales desde los 14 años, especialmente para desplazamientos escolares o agrícolas. Eso encajaría con el caso de Skinny Norris y sirve como pista indirecta de que Jupiter, Pete y Bob probablemente aún no habían cumplido los 16.
E. Skinny Norris pasaba largas temporadas en Rocky Beach con sus familiares, residentes legales de otro Estado. En su lugar de origen concedían permisos de conducir a una edad más temprana que en California, y Skinny conducía su propio coche.
Misterio del loro tartamudo
Por tanto, si nos ceñimos al texto de las 43 novelas que componen la colección original y teniendo en cuenta todo lo comentado hasta ahora, las edades de Los Tres Investigadores estarían comprendidas entre los 13 y 15 años.
¿Un anacronismo tecnológico?
En el Misterio en el Castillo del Terror, Worthington informa a Jupe, Pete y Bob que el Rolls-Royce estaba equipado con un teléfono móvil. Si tenemos en cuenta que esta novela se publicó en 1964, la pregunta que pudiera asaltar a muchos lectores es si esta tecnología existía en aquella época o es un apunte fantasioso que hacía soñar despiertos a los seguidores de este trio de jóvenes detectives. Pues la respuesta, puede que sorprenda a más de uno.
Poco después el lujoso coche se deslizaba por la carretera de las colinas hacia Hollywood. Worthington habló por encima de su hombro.
—Debo informarles que este coche posee teléfono y un departamento con refrescos, que pueden utilizar.
—Muchas gracias —respondió Júpiter, ya centrado en su papel de propietario accidental de tan lujoso vehículo. El muchacho alargó el brazo, abrió un departamento y alzó un teléfono dorado como los restantes adornos del coche. El teléfono carecía de esfera numerada, pero en su lugar había un botón.
—Un teléfono móvil —informó a Pete—. Se pulsa el botón y se da el número deseado a la telefonista. No creo que de momento tengamos necesidad de usarlo
Misterio en el Castillo del Terror
Aunque hoy asociemos el teléfono móvil con los pequeños dispositivos que llevamos en el bolsillo, la idea de comunicarse por teléfono desde un vehículo es muy anterior a la aparición de los teléfonos celulares. Por eso, que a mediados de los años 60 un automóvil pudiera llevar instalado un teléfono móvil no solo es perfectamente factible, sino que era una tecnología que ya llevaba casi veinte años desarrollándose. Los antecedentes se remontan a la década de los años 40. En Estados Unidos, el sistema Bell comenzó a ofrecer en 1946 un servicio de radiotelefonía móvil para automóviles. El primer servicio entró en funcionamiento en St. Louis el 17 de junio de aquel año, y posteriormente se extendió a otras ciudades, como Chicago. El equipo era todavía enorme: pesaba alrededor de 36 kilos y buena parte de sus componentes se instalaban en el vehículo.
Durante los años 50 y principios de los 60 la tecnología fue evolucionando rápidamente. La sustitución progresiva de las válvulas electrónicas por transistores permitió reducir considerablemente el tamaño y el peso de los equipos. Lo que en los años 40 podía ocupar una parte importante del maletero fue convirtiéndose en un aparato mucho más compacto, que podía instalarse discretamente en un automóvil. El teléfono no tenía, naturalmente, el aspecto de un smartphone moderno. El equipo de radio se encontraba normalmente separado del terminal de control, mientras que en el interior del coche se instalaba un teléfono con auricular y controles de marcación. Una antena exterior permitía transmitir y recibir las señales de radio.
Por tanto, si en una película, novela o reconstrucción ambientada hacia 1965 aparece un automóvil —especialmente uno de lujo, perteneciente a una persona adinerada, una empresa, un político o un servicio profesional— equipado con un teléfono, no hay ningún anacronismo tecnológico. Lo que sí sería anacrónico sería imaginar un pequeño teléfono portátil similar a los móviles actuales. El teléfono de aquella época sería voluminoso, estaría integrado en el vehículo y dependería de una red de radiotelefonía con una capacidad muy limitada.
¿Quién era Alver?
En el primer capítulo del Misterio del león nervioso, Titus Jones da órdenes a Hans, a Konrad y a … ¡Alver! para que descarguen unas jaulas del camión que conducen.
—Pues lo celebro —advirtió su tío con énfasis y ordenó seguidamente—: ¡Hans! ¡Konrad! ¡Alver! ¡Descargad el camión y poner las jaulas aparte, para que podamos ocuparnos inmediatamente de ellas.
Misterio del león nervioso
Después de leer el párrafo anterior, más de un seguidor Los Tres Investigadores se habrá preguntado quién es Alver y si es un nuevo trabajador del Patio Salvaje ¿de dónde ha salido? Pues para dar respuesta a estas preguntas basta con leer el texto original que aparece bajo estas líneas y se comprobará que no hay ni rastro de este «nuevo personaje».
“Fine!” Titus said. “Hans! Konrad! Get this stuff off the lorry. Stack the cages separately so that we can get to work on them soon.”
Mystery of nervous lion
Con toda certeza, la aparición de Alver en la edición de Molino se debe a C. Unterloner, a quién le debemos alguna de las traducciones más nefastas que se realizaron en la colección original de Los Tres Investigadores (ver la entrada Las infames traducciones).

YO SERÍA BOB
Sobre mí:
Lector apasionado de Los Tres Investigadores a quienes les debo algunos de los mejores momentos de mi infancia