El Patio Salvaje

Cuando en 1959 Robert Arthur decidió trasladarse desde New York a Los Ángeles, no era consciente de la honda impresión que California y sus gentes le causarían, ni tampoco del peso que llegarían a tener en su obra literaria. A juicio de su hija Elizabeth, esta experiencia se convertiría a la postre en la influencia más relevante a la hora de concebir la saga de Los Tres Investigadores:

Esto me lleva a lo que creo que debe considerarse la influencia más importante en los Tres Investigadores: la impresión que California dejó en mi padre cuando se mudó allí.

Algo sé de esta impresión, porque cuando mi padre vivía y trabajaba en Hollywood, me escribía muchas cartas en las que entraba en detalles sobre los extraños hábitos y costumbres de los californianos.

Elizabeth Arthur

Uno de los factores que más contribuyó a este «shock intercultural» que experimentó Robert Arthur, fue el hábito de sus nuevos conciudadanos de adquirir bienes de conveniencia con la misma rapidez con la que los desechaban. La sociedad californiana estaba fuertemente influenciada por un consumismo que empujaba a la ciudadanía a utilizar artículos de un solo uso comercializados en envases desechables, y productos de consumo que no estaban diseñados para su reutilización, o uso de por vida. Este comportamiento era algo que horrorizaba a Arthur.

La sociedad del descarte

Tras el final de la Segunda Guerra Mundial Estados Unidos experimentó un auge en el consumo masivo. Hubo un fuerte aumento de la vida suburbana, los envases desechables y los artículos de conveniencia, así como el desarrollo de nuevos plásticos.

El concepto “usar y tirar” fue acuñado por primera vez por la revista Life, en su número 1 de agosto de 1955, que usó la expresión de una manera positiva para describir una vida más fácil y económica para el cuidado de la casa. Esto llevó a que ciertos estadounidenses consideraran el ahorro como “antiestadounidense”, lo que contrastaba marcadamente con la forma en que la sociedad estadounidense veía el ahorro antes de la guerra. Este aumento de la sociedad estadounidense impulsado por el consumo es lo que propició que Estados Unidos se convirtiera en la sociedad del descarte.

Se generalizó la práctica de la obsolescencia programada, el acto de crear productos con la intención de que esos productos necesitaran un reemplazo. Además de la obsolescencia programada, era común que los productos cambiaran ligeramente cada año para alentar a las personas a comprar una versión más nueva, incluso cuando no fuera necesaria.

 

El Patio Salvaje

A pesar del buen predicamento que este tipo de consumo insostenible gozaría en sus orígenes allá por los años 50 y 60, llegando a considerarse incluso como un atributo positivo en la ciudadanía, Robert Arthur tenía una visión muy crítica del consumo  y la producción excesiva de artículos de corta duración o desechables en lugar de bienes duraderos que pudieran repararse.

Resulta lógico que esta profunda insatisfacción que le producía el consumo exacerbado e irracional, se reflejase en sus novelas.  A nadie podrá extrañarle que la sede de la agencia de detectives creada por Jupiter, Pete y Bob se ubicara en un depósito de chatarra, algo sobre lo que Elizabeth Arthur haría hincapié, años después en una entrevista:

La aversión de mi padre a la mentalidad de usar y tirar de California ciertamente encontró su expresión en el depósito de chatarra [el Patio Salvaje] donde mi padre, como el tío de Jupiter, Tiitus, pudo hacer aparecer en la imaginación todo tipo de cosas maravillosas que de otro modo se habrían tirado como chatarra y, si era necesario, reciclarlas.

Elizabeth Arthur

Algunas de las ilustraciones de Harry Kane, como las dos que aparecen bajo estas lineas, ofrecen una vista parcial del Patio Salvaje en la que se observan todo tipo de objetos propios de un almacen de material de derribos, chatarrarería o chamarilería. Un lugar tremendamente evocador que incitaba a los lectores a dar rienda suelta a su imaginación.

La colorida valla

Como se puede leer en el primer capítulo del Misterio en el Castillo del Terror, el patio resultaba fascinante para cualquier muchacho, y su aspecto fuera de lo común se hacía obvio desde lejos, tan pronto se divisaba la valla de tablas que lo rodeaba. Titus Jones había empleado diversos colores de pintura, adquirida de desechos, para pintar la cerca. Algunos artistas locales le ayudaron, pues él siempre les prestaba trastos que ellos necesitaban.

Toda la parte frontal se hallaba cubierta de árboles y flores, con un estanque donde se deslizaban majestuosos cisnes, y todo ello, cara al océano. Sus restantes fronteras ofrecían panoramas muy diversos. Quizá fuera la chatarrería de más colorido de todo el país.

Misterio en el Castillo del Terror

Pero tal vez lo más sorprendente e inesperado era el secreto que escondía la cerca que rodeaba al Patio Salvaje: camufladas entre sus viejos tablones había varías entradas secretas: la Puerta Verde y la Puerta Roja de Rover, que permitían acceder al interior de la chatarrería a Los Tres Investigadores, casi de forma clandestina, eludiendo de este modo las miradas de adultos. Para los jóvenes lectores aquellas puertas que aunque estaban a la vista de todo el mundo pasaban totalmente desapercibidas, no eran solo unos simples pasadizos ocultos, sino promesas de aventura, ingenio y libertad. Despertaban una fascinación casi magnética: la sensación de que el mundo cotidiano podía abrirse de pronto a lo extraordinario si sabías dónde mirar. A través de ellas se colaban el misterio, el riesgo y el sueño infantil de tener un lugar propio, secreto, desde el que observar y desafiar al mundo adulto con inteligencia y valentía.

El gran secreto

Pero tal vez, el verdadero éxito del Patio Salvaje, lo que realmente cautíva a cualquier lector que se sumerja en el fascinante mundo que rodea a Los Tres Investigadores, es el secreto que esconde: un destartalado remolque convertido en oficina y laboratorio fotográfico, oculto a las miradas de los adultos por altos montones de chatarra y, cuyo interior se alcanzaba a través de pasadizos secretos construidos por ellos mismos.

El Puesto de Mando era mucho más que un simple escondite: era un refugio secreto donde la imaginación no tenía límites. Entre cachivaches y pasadizos secretos, Robert Arthur nos hizo sentir que cualquier niño podía convertirse en detective y vivir grandes aventuras. Ese lugar misterioso nos enseñó a soñar, a fantasear y a creer que la inteligencia y la curiosidad podían abrir puertas ocultas en el mundo cotidiano.

Algo para recordar

A pesar del paso del tiempo, el Patio Salvaje sigue siendo uno de los elementos más queridos por los lectores que crecieron con las novelas de Robert Arthur. Sus montañas de objetos olvidados representan un universo donde cada rincón puede esconder un misterio y donde la aventura siempre está a un paso.

Hoy, al releer las historias, el Patio Salvaje se mantiene como una metáfora de la propia imaginación: un lugar aparentemente ordinario que, visto con ojos curiosos, se revela extraordinario.

 

YO SERÍA BOB

YO SERÍA BOB

Sobre mí:

Lector apasionado de Los Tres Investigadores a quienes les debo algunos de los mejores momentos de mi infancia