Pequeñas curiosidades
Amor de padre
Robert Arthur se casó en diciembre de 1946 con Joan Vaczek, escritora de ficción e hija de un diplomático húngaro. Fruto de este matrimonio, nacieron sus dos hijos, Robert Andrew Arthur en 1948 y Elizabeth Ann Arthur en 1953. Años más tarde, los dos aparecerán en las novelas de la colección Alfred Hitchcock y Los Tres Investigadores.
Por si alguien no se ha dado cuenta le diré que Bob es el diminutivo de Robert , lo cual implica que el nombre del tercer investigador, Bob Andrews. era el mismo que el del primogénito de Robert Arthur, a quien con este personaje quiso hacerle un pequeño guiño de complicidad. Su hija Elizabeth también tiene su propio personaje en el Misterio del Ojo de Fuego. En el capítulo 5 de esta novela aparece la simpática Liz (diminutivo de Elizabeth) que entrega a Bob uno de los bustos de escayola que Los Tres Investigadores buscaban para resolver el caso que les ocupaba en ese momento. Además aparecerá en la ilustración de Harry Kane que acompaña al texto de ese capítulo.
El accidente de Bob
En la narración del primer libro de la saga de Los Tres Investigadores, se informa al lector que Bob Andrews llevaba, temporalmente, un aparato ortopédico en su pierna como consecuencia del desafortunado accidente que sufrió mientras escalaba una colina cercana a Rocky-Beach:
El movimiento de sus piernas [de Bob] al impulsar la bicicleta no le produjo molestia alguna en la herida que cubría con la «abrazadera» según denominación del doctor Álvarez —un aparato ortopédico—, premio a su necia escalada en solitario a una montaña cercana a Rocky Beach. […] Bob rodó pendiente abajo unos ciento cincuenta metros y acabó con una pierna rota por varios sitios.
Misterio en el Castillo del Terror
Sin embargo, son muchos los seguidores de Los Tres Investigadores que ignoran que solo hay una ilustración en la que Bob aparece con esta «abrazadera». Es el dibujo creado por Harry Kane para las guardas de libros editados por Random House (en España, se incluyó en todos los volúmenes publicados hasta 1975). En ninguna otra ilustración bien sea del Misterio en el Castillo del Terror, del Misterio del loro tartamudo o del Misterio de la momia volverá a aparecer este detalle (recordemos que en el Misterio del fantasma verde Bob ya no llevaba este aparato ortopédico porque había recibido dado el alta médica).
¿Cuánto valía un libro?
Para aquellos lectores que quieran saber cómo ha variado el precio los libros de Los Tres Investigadores a lo largo de los años, a continuación he recogido los precios en pesetas que aparecían marcados en algunos de los libros que han pasado por mis manos. Si en el mismo año de publicación encontraba varios importes, indico siempre el menor y luego, los demás. Aunque en algunos precios la diferencia apenas supone 40 céntimos de euro, en aquellos años era mucho dinero para una familia de clase media.
1971 60 ptas. (0.36 euros)
1972 65 ptas. (0.39 euros)
1975 125 ptas. (0,75 euros). Otros precios: 150 ptas. (0,9 euros)
1976 180 ptas. (1,08 euros)
1977 190 ptas. (1,14 euros), Otros precios: 250 ptas. (1,5 euros).
1978 250 ptas. (1.50 euros). Otros precios: 290 ptas. (1,74 euros)
1988 600 ptas. (3.60 euros)
1989 650 ptas. (3.91 euros)
1991 690 ptas. (4,14 euros)
Resulta curioso observar el incremento del precio que experimentaron estos libros en 1973 y en 1978. Los motivos de esta subida hay que buscarlos en el contexto económico global y el delicado momento político por el que atravesaba España en esos momentos.
- En el primer caso la subida del precio se debió a la crisis del petróleo de los años 70 iniciada en octubre de 1973, cuando la OPEP árabe embargó el crudo a países aliados de Israel en la Guerra del Yom Kippur. El precio del barril se cuadruplicó, provocando una severa estaflación (alta inflación y estancamiento económico) y el fin de la prosperidad de posguerra.
- En el segundo caso se debió a la inflación desbocada que sufrió España en aquellos años, que durante 1977 alcanzó niveles críticos, con una tasa anual del 26,4% a cierre de diciembre, lo que supuso uno de los puntos máximos de inestabilidad económica tras el fin de la dictadura. Este pico histórico de precios se situó en torno al 28% en verano de 1977, en un contexto de crisis económica y transición política.
Una curiosa coincidencia
La novela Misterio del dragón de Nick West publicada originalmente en EE.UU en 1970, coincidió con el estreno ese mismo año, primero en Inglaterra y unos meses después en New York, de la obra de teatro La Huella (Sleuth) escrita por Anthony Shaffer. Paradójicamente en ambas creaciones aparecen dos personajes cuyas aficiones son tan similares que resulta sorprendente.
En el Misterio del dragón, Los Tres Investigadores serán objeto de las pesadas bromas del señor Arthur Shelby quien se valdrá de los sorprendentes ingenios mecánicos que ha instalado en su casa, para mofarse de ellos. Algo similar ocurre en La Huella, cuya trama se desarrolla en la mansión de Andrew Wyke, un escritor de misterio de inmenso éxito. La casa de Wyke refleja su obsesión por las invenciones y engaños de la ficción y su fascinación por los juegos y las bromas que sufrirá Milo Tanle, el amante de su mujer.
¿Se inspiró Nick West en La Huella para crear el personaje del señor Shelby? Recomiendo al lector que vea los primeros minutos de la adaptación cinematográfica de esta obra de teatro, dirigida por Joseph L. Mankiewicz y protagonizada por Laurence Olivier y Michael Caine y saque sus propias conclusiones.
La inspiración
El más y el menos
Elizabeth Arthur, en una de las entradas de su blog comentaba que Random House exigía a su padre que el texto de las novelas de Los Tres Investigadores tuviese entre 40.000 y 45.000 palabras. Si en vez de utilizar el número de palabras como unidad de medida, contabilizamos el número de páginas, es fácil comprobar que el libro más extenso de la colección original es el Misterio del caballo decapitado con 200 páginas y por el contrario, el más breve es el Misterio de la araña de plata, con tan solo 140.
¿Dónde está Jupiter?
En todas las ilustraciones que aparecen en las portadas de la colección original publicadas tanto en Estados Unidos como en España, siempre aparecían Los Tres Investigadores. Bueno, en todas excepto en una, el Misterio de la sombra riente (ver ilustraciones bajo este párrafo).
Aunque desconozco el motivo de esta curiosa excepción, creo que este «error» habría que atribuírselo a Walter Retan, editor de la colección en el momento de la publicación de este título y encargado de aprobar el trabajo de Harry Kane. Parece que había una especie de regla no escrita que obligaba a los ilustradores a incluir a Jupe, Pete y Bob en las portadas de todos los libros de la saga y que, tal vez, debido a que Walter Retan se jubilaba ese mismo año y a los múltiples asuntos profesionales que tendría cerrar con Random House y su sucesora en el puesto, Eugenia Fanelli, la supervisión del arte final de Harry Kane fue más lasa.
El mérito es de R. Arthur
De todos es bien conocido que Robert Arthur fue es creador de la saga Alfred Hitchcock y Los Tres Investigadores y que a partir de 1969, fueron otros cuatro escritores quienes continuasen su trabajo. Pues bien, ecepto en las diez novelas que escribió Robert Arthur, la autoría de su idea sólo le será reconocida en la página 3 del Misterio de la casa que se encogía, en la que puede leerse «Basado en personajes creados por Robert Arthur» algo que no ocurrirá en ninguna de las 30 primeras novelas. Obsérvese el texto de la siguiente imagen:
Los ilustradores fantasma
Debido a la pésima adaptación que realizó Ediciones Molino del texto original de las novelas de Los Tres Investigadores, en la página 3 de muchos de los volúmenes pertenecientes a las cinco primeras ediciones de la colección, no se eliminó el nombre de los ilustradores que crearon las portadas de la edición norteamericana. Este detalle evidencia un error de bulto porque las portadas de esos mismos títulos, en España fueron realizadas por Ángel Badía-Camps. Las siguientes imágenes son solo algunos ejemplos en los puede leerse el nombre de los tres dibujantes que realizaron las portadas de esos mismos títulos para la edición comercializada por Random House en Estados Unidos..
Los pseudónimos
Durante los años 60 y 70, el mercado editorial juvenil estaba fuertemente marcado por estereotipos de género. Se asumía que las lectoras jóvenes se identificarían mejor con historias escritas por mujeres, especialmente en colecciones dirigidas a un público femenino (románticas, escolares o de vida cotidiana). Por ello, muchos autores masculinos optaban por usar seudónimos femeninos o firmar solo con iniciales, ocultando su identidad para no generar rechazo o desconfianza en su público objetivo. La estrategia respondía más a criterios comerciales que literarios: lo importante era que el libro resultara “creíble” dentro de las expectativas de sus lectoras.
En el caso contrario, cuando una mujer escribía para un público considerado masculino —como aventuras, misterio o acción— también podía enfrentarse a prejuicios. Un ejemplo interesante es Mary Virgina Carey. Aunque escribió numerosos títulos de Los Tres Investigadores, una colección asociada al género detectivesco juvenil, tradicionalmente percibido como más masculino, su identidad fue “enmascarada” bajo las iniciales de su nombre para no enfatizaba explícitamente un perfil “femenino” en el sentido estereotipado. Este tipo de casos reflejan cómo las normas de género influían tanto en la autoría como en la recepción de la literatura juvenil de la época.

YO SERÍA BOB
Sobre mí:
Lector apasionado de Los Tres Investigadores a quienes les debo algunos de los mejores momentos de mi infancia